quinta-feira, 7 de julho de 2016

PATRICIA CÁZARES MACÍAS | Eunice Odio, Prometeo de la palabra


La literatura hispanoamericana del siglo XX cuenta entre sus creadores a Eunice Odio, costarricense de nacimiento, nacionalizada mexicana. La sensibilidad de su pluma nos legó una obra de una complejidad disfrazada de inocente fluidez, que a partir de 1974 ha generado estudios desde diversos ángulos. El creciente interés por la obra de esta autora radica no sólo en la belleza de sus creaciones, sino en el mito. Esta invención la entendemos no como la creación deliberada de una mentira, sino como el resultado de una axiología firme que la vuelve una incomprendida aún entre sus conocidos, axiología por medio de la cual es posible rastrear su estereotipo mítico. La búsqueda del estereotipo con el cual identificar a la autora y no a uno de sus personajes es por lo que se toma como objeto de estudio su “Epistolario”, género que debe su verosimilitud al presupuesto de una intención comunicativa (sin perder de vista los episodios creativos estéticos en él contenidos) entre interlocutores manifiestos.
El epistolario de Eunice refleja un espacio mítico-religioso en el que se instaura la culpa por medio de una simbología del mal. En este espacio se revela un ser en lucha continua, no sólo en defensa propia, sino en defensa de los que la rodean. El espacio horizontal en el que establece relaciones terrenales se ve afectado por imágenes que revelan un espacio vertical, imágenes ascensionales cuya herramienta por excelencia, según Gilbert Durand, es el ala, que también encontramos en el texto. Lo anterior nos crea la paradoja del desmitilogizador que se mitologiza al tomar una postura y responsabilidad propias ante la vida y sus significados, al devorar las imágenes —incluso la del invisible aire— para poder después ofrecerlo como dádiva a sus amigos más queridos.
La relación mito-literatura no es nueva, si bien resurge con el modernismo. Su vinculación por medio de ritos mágicos obedece más a una cuestión práctica en el pasado primitivo del hombre donde mito y rito son inseparables. En el siglo XX, sin embargo, cumple más frecuentemente una función interpretativa que nos lleva a la localización de un imaginario colectivo o incluso, específicamente, a un estereotipo localizable. Paul Ricoeur, en Finitud y culpabilidad, retoma los distintos mitos que por medio de una simbología del mal rigen la vida del hombre gracias a la instauración gradual de la culpabilidad. Al provenir nuestra autora de un medio profundamente religioso podríamos pensar inmediatamente en relacionarla con el mito cristiano.
Este discurso religioso sí está presente a lo largo del epistolario en la presencia de santos, Biblia y oraciones, pero sólo como una música de fondo que la acompaña a lo largo de su vida. La verdadera balada cantada por Dios la descubre en 1965, en su adultez, tomando como guía la cronología epistolar que marca la carta 18 con fecha de 1º de mayo de 1967, de donde se extrae la siguiente cita:

Mucho se dice —y hasta se escriben buenas obras de teatro, Las criadas, por ejemplo—, que Dios no nos responde, que no dice nada. Y yo he creído eso hasta hace dos años, en que, un buen día, descubrí que Dios nos está cantando una balada continua; y que lo que sucede es que nosotros no la oímos. Eso es todo (Von Mayer).

Eunice Odio fue un ser que se construyó a sí mismo, un ser destinado a mostrar a los demás lo que no ven, para lo que se convierte desde su infancia en una observadora voraz, vagabunda en el mundo, lectora incansable, amante del ser humano. Parafraseándola diremos: quiere encontrar a Dios. La cercanía temprana al conocimiento no fue un evento armonioso para la pequeña Eunice. Una tensión entre su padre, que la deja en libertad, y su madre, que intenta detenerla, la dotó de entendimiento e intuición, elementos que, según Descartes y Kant, se sintetizan en la luz de la imaginación. Pero el conocimiento de esta luz trae consigo una dolorosa carnalidad, la percepción de un mundo oscuro con seres dolientes a los que intenta salvar con su capacidad de amar y de crear, dotándolos de una existencia poética y, en algunos casos, una dulce partida:

Un mes después —como a fines de julio— […] lo vi exactamente como en mi cuento, hecho un ovillo, tirado en un montón de basura, ya envuelta en el trozo de yute. Me detuve un momento con el corazón oprimido […] Subí por mi inefable elevador, con la imagen de Pedro tirado […] ¿Cómo es posible que un hombre tan hermoso, tan dulce, tan bueno y tan pobrecito, esté allí tirado, hecho un mortal ovillo [como tu larva de mariposa, Eunice!

Fragmentos como éste refuerzan la presencia de una simbología del mal en la conciencia de la autora y, a la vez, una constante tensión entre esta simbología y su capacidad de raciocinio, ya que en su mente no es posible que se “castigue” a un ser que no ha cometido falta alguna. Pero aquí encontramos también la idea de la esperanza en la muerte, un mortal ovillo es transformado en una larva de mariposa, y esto nos remite a la imagen de las alas. Sabemos, sin embargo, que en el cuento referido por la autora, el personaje (Pedro) muere y, en su epistolario, Eunice lamenta que esto no pueda ser de otra manera desde un punto de vista lógico.




Evidencia de lo que Ricoeur llama el símbolo del cuerpo esclavizado. Lo encontramos en pasajes como este pensamiento de gran consuelo, donde Eunice escucha su voz hablando del hombre que nunca pecó, que murió y vivió en el estercolero, tocado por la Gracia. Y por eso ahora está en la región de la luz, y es libre y brillante, lo mismo que el Gran Aire. Ahora es feliz donde todo es limpio e incorruptible. De acuerdo con Ricoeur, en el símbolo de un ser pecador el cuerpo es ofrecido como servidumbre. Aun sin una mención explícita podemos identificar la salvación sólo después de la muerte. No es necesaria una enumeración exhaustiva de los elementos que instauran esta simbología no creada por Eunice, sino asimilada y expresada por ella. Aquí cabe retomar los símbolos ascensionales, en la cita el aire aire como vehículo de la simbología del vuelo, puesto en el mismo nivel de la ascensión (Durand), el acceso a la región de la luz donde Pedro alcanzó la libertad. Con Ricoeur podemos agregar que es “la libertad del cautiverio”.
Volviendo a esa tensión entre simbología del mal y raciocinio (despertar de conciencia), la aparente contradicción ideológica en el epistolario se entiende si tomamos en cuenta que este ser humano vive y se mueve en un mundo de instituciones que la rigen. La vemos buscando iglesias, comprando santos, pero mantiene una libertad individual en el estricto sentido, es decir, su interior es afectado pero no sometido. Eunice es una especie de Prometeo: “Yo me opuse a que los mortales, aplastados, bajaran al Hades […] Logré que los mortales no previeran la muerte con horror […] les entregué el fuego” (Esquilo). Si Prometeo robó el fuego —elemento caro a los hombres—, Eunice se apropió la palabra y la volvió poesía: “aprendí a leer en dos días. Y ahí mismo se me abrió un mundo nuevo que me transformó total y radicalmente” (Von Mayer). Si con el fuego Prometeo regaló el desarrollo humano, Eunice renuncia a un simbólico Nirvana. Con la palabra aspira a la libertad, a la luz:

El poeta no debe quererse tanto que aspire a cosas […] como el Nirvana. ¿Qué le quedaría entonces para dar al hombre?, ¿y cuál si no ese es el oficio y la obligación indeclinable del poeta? ¿Cuál si no darle sus bienes a la criatura humana? […]. La poesía […] puede abrir un camino de perfección.

Al igual que Prometeo, Eunice sufre un castigo por la trasgresión, ambos son lo que Ricoeur llama el inocente-culpable. Prometeo es víctima de la cólera de Zeus, pero a la vez es culpable de robo; Eunice es víctima de la oscuridad que percibe en el hombre, pero es culpable por buscar con ansia el conocimiento que le revele ese sufrimiento, lo que la coloca en un plano perceptual horizontal, completamente terrenal, pero también en uno vertical en el que luchan la luz (arriba) y la oscuridad (abajo). Prometeo calla el secreto de la caída de Zeus como muestra de un poder residual; Eunice posee ese poder también residual en forma de conocimiento que libera un poco su ciervo-arbitrio, una liberación que inicia en su niñez cuando, debido a sus escapadas, su madre la golpea y posteriormente la interroga. Al castigo físico ella responde con el castigo moral del silencio, es la venganza de Prometeo basada en un poder de conocimiento que se guarda para sí; Prometeo espera la caída de Zeus, Eunice provoca la angustia de su madre. Ese silencio se repetirá en el futuro, pero ahora el oyente es Dios o el arcángel Miguel:

Estaba sentada, me sentía totalmente abandonada de Dios y de los hombres. Puse velas e iba a rezar mis oraciones de siempre […] pero, de pronto, decidí que estaba resentida con la Divinidad, con el Arcángel Miguel […] Y que no iba a rezar ni a prender velas “porque no tenía ganas”.

En ese deambular temprano y en soledad, en el que Eunice persistió por tres años (de los cuatro a los siete), sin saberlo se estaba apropiando de su lugar en el mundo, siguiendo las máximas filosóficas de Marx o Kierkegaard (Guerrero), quienes afirman que la filosofía debe ayudar a poner las cosas en su sitio, que la persona se conozca a sí misma y se tome en serio y que tenga pasión en su vida. Esta pasión será una constante en la vida de la autora, quien defenderá ese carácter contra Olga Kochen ante la propuesta de buscar la paz a través del yoga. Eunice se niega, lo que ella busca es conmover con su poesía “las entrañas del hombre”.

Kierkegaard (Guerrero) arroja mayor luz para entender la formación del carácter de Eunice como ser humano responsable de sí, al afirmar que los estadios vividos como seres existenciales son independientes de la edad, época, lugar o cualquier otra circunstancia extrínseca del ser humano. Kierkegaard nos habla también de esa naturaleza inocente en la infancia capaz de albergar la fantasía. De acuerdo con este filósofo, el niño no puede distinguir entre el bien y el mal, por lo que el mal pasa para él desapercibido. Demostramos esta visión con la imagen que Eunice niña nos ofrece de las mujeres de cabezas enlutadas y faldas largas a las que sigue hacia la prohibida procesión, mujeres que llaman su atención pues “parecían hormiguitas de vacaciones” (Von Mayer). Esta aparente ignorancia o desinformación sobre el mal que se asimila, cobra tributo en la edad adulta, Kierkegaard intentó explicarlo al asegurar que la angustia tiene su raíz en acontecimientos de la infancia:

En el concepto de la angustia se aborda con detenimiento la noción de la inocencia con frecuentes referencias a la infancia. La inocencia se basa en ese estado de ensoñación del espíritu que lo mantiene lejos de la conciencia de su propia constitución dialéctica, alejado también del ejercicio de su libertad y, por ende, de la culpa […] El niño enfrenta al mundo de una forma infantil por medio de la fantasía […] puede dejar entrar, a su modo, la angustia que está presente en todo el hombre, con la invención de cosas monstruosas o enigmáticas y con el característico afán de aventuras.

Eunice odiaba las biografías, poco sabemos de sus excursiones. Sin conocer el contexto y sin la posibilidad de recuperarlo, sólo podemos desear que esta niña siempre haya estado a salvo. De la mujer estadounidense en su epistolario dice: “observa y saca conclusiones […] Niños solos (mejor decir solitarios), de todas edades, en todas las calles […] ¿Por qué están solitos o solitarios? […] desde hace 45 años aproximadamente, todos los niños de Estados Unidos han andado y andan por ahí […]”. Esto fue escrito en 1965, lo que nos remite a la niñez de Eunice a unos años de iniciar sus exploraciones. Si sus experiencias fueron placenteras, ¿por qué le molestaría el deambular de los niños estadounidenses? Esta pregunta podría tener una respuesta simple en el antifeminismo de Eunice, o puede tener un origen del que únicamente puedo especular. A lo largo de la historia literaria nos acercamos a los textos intentando disociar ficción de realidad, buscamos indicios extra textuales o extra lingüísticos que nos lleven a la vida íntima o social de un autor. Al encontrar estas referencias las confrontamos con una cronología. Unimos dos elementos que, en el análisis, son tratados como unidad cuando realmente sólo son trozos de una realidad desde el punto de vista perceptual, irrecuperable. Sin embargo, gracias a una recuperación axiológica logramos percibir ese gran amor que Eunice sintió por la humanidad y que dejó como testimonio en sus obras, en un intento por acercar lo terrenal y lo divino. Como último testimonio, quede aquí una carta dirigida a Carlos Pellicer. Esta carta que resume todo lo que Eunice Odio se sentía capaz de dar:

[…] voy a regalarle varias cosas que me pertenecen: una gota de sol; un azul que encontré en la calle, la segunda parte de una golondrina; el manto de un insecto del color del mundo; varios sueños diamantinos multitudinarios […] un espejo en el que se mira el cielo, una pátina de césped, un desplazamiento de mariposa, una cucharada de golondrinas de Chichén Itzá; un gran río que corre al compás de los marinos y los pescadores; un sonido tintineante de Raimundo Lulio; el corazón mío en el momento en que se alegró, porque lo miraban; una mirada verde que fue al aire y regresó al infinito; el sol del cielo y el del sonido […] el fondo de una perla dinosaurio que es donde vamos a vivir y morir usted y yo, dentro de tres árboles de años. Le doy una florecita de árbol potente y dulce. Le doy la vida que ya no tienen sus abuelos y sus padres. Le regalo la sonrisa de una bisabuela suya que usted no conoció. Le regalo una espuma que vi un día que ya he perdido. Le doy mi amor fugitivo en los bosques; le cedo la mitad de una criatura que no puede morir y que anda en la Tierra. Dirigida por el aire, le doy un caballo que se soñó, un rocío que se alejó del tiempo y del espacio para ser inmortal; mi cabeza desatada por el viento; mi alma vestida de cereza y con gran afán de aventura; le regalo una calle de abril; un santo que se deshizo en el viento; un niño que se construyó, ojo por ojo y diente por diente una vez que lo nacieron; un duende que venía cuando iba, porque no le temía al milagro; le regalo un vaso lleno de mariposas que no duermen jamás y que siempre andan en manojos de árboles; una mujer que se perdió de súbito porque el aire la quería y la miraban los cedros masculinos; y también le regalo una mujer hallada en el fuego, a quien nadie pudo entender. Le doy el suelo donde se juntan muchas flores irisadas y desnudas, tal como Dios las trajo al mundo; una mano tendida en medio del mar y usted.

NOTA
Publicación original en la revista Alforja # 47 (México, 2007).



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Organização a cargo de Floriano Martins © 2016 ARC Edições
Artista convidado | Francisco Zuñiga (Costa Rica, 1912-1998)
Agradecimentos especiais a Alfonso Peña y Rima de Vallbona
Imagens © Acervo Resto do Mundo
Esta edição integra o projeto de séries especiais da Agulha Revista de Cultura, assim estruturado:

1 PRIMEIRA ANTOLOGIA ARC FASE I (1999-2009)
2 VIAGENS DO SURREALISMO, I
3 O RIO DA MEMÓRIA, I
4 VANGUARDAS NO SÉCULO XX
5 VOZES POÉTICAS
6 PROJETO EDITORIAL BANDA HISPÂNICA
7 VIAGENS DO SURREALISMO, II
8 O RIO DA MEMÓRIA, II
9 SEGUNDA ANTOLOGIA ARC FASE I (1999-2009)
10 AGULHA HISPÂNICA (2010-2011)

Agulha Revista de Cultura teve em sua primeira fase a coordenação editorial de Floriano Martins e Claudio Willer, tendo sido hospedada no portal Jornal de Poesia. No biênio 2010-2011 restringiu seu ambiente ao mundo de língua espanhola, sob o título de Agulha Hispânica, sob a coordenação editorial apenas de Floriano Martins. Desde 2012 retoma seu projeto original, desta vez sob a coordenação editorial de Floriano Martins e Márcio Simões.

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