segunda-feira, 21 de novembro de 2016

CÉSAR SECO | De poesía y de poetas


1. La poesía es un territorio plural, esencia genuina de toda creación, encuentro en la unidad y lo diverso. Cierto que no hay mayor compromiso que el que ha de asumir el poeta con su obra, pero cierto es también que no puede desentenderse del anhelo de justicia que le habita como hombre. La poesía no se debe a doctrinas o credos; su misión es otra: decir la verdad y la belleza por igual, sublimar la profunda tragedia del ser humano escindido en una sociedad que la desestima a ella y a sus hacedores. Sólo ella se aproxima en libertad al misterio manifiesto de la vida.
La poesía viene del silencio y al silencio vuelve, no sin antes conmover, primero al poeta, por súbito o aprehensión y luego a su posible lector, que en verdad es quien rehace y hace suyo el poema. La poesía lee, expresa la vida de manera distinta, que no es otra  manera que ser fiel a su misterio. Sí, al silencio vuelve, no sin antes insuflar espíritu a la materia, hacer más soportable la realidad a través de la imaginación, despertar ecos y hacerlos confluir en un tono, en una voz, convocar el milagro expresivo de lo extraordinario, escrutar la perplejidad, lo no sabido y lo común, el pan de la cotidianidad.
Álvaro Mutis dejó dicho que “la poesía es una fértil miseria”; digamos aquí que es la riqueza de lo invisible. Siempre recuerdo lo que Gerardo Diego postulaba como su visión de poesía: “Creer lo que jamás veremos, eso es la Poesía”. La equipara el poeta español a uno de los asuntos trascendentales del hombre: la Fe, que como expresan las escrituras es tener la convicción de lo que no vemos. Más terrenal, Juan Sánchez Peláez lo puso en un verso: “en la mayoría de los casos uno no sabe nada”.
Todo poema es incompleto y toda poesía insuficiente al asombro de la creación, pero el poeta insiste y lo hace porque puede más el ansia de verdad, confluencia de esa nada y ese todo que lo abisma. Ese no sé qué. Ese algo. Si el poeta está consciente de esto puede alejarse de la elocuencia del ruido y acercarse a la instantaneidad instantánea que ella le sirve, es decir, a la revelación.

2. Lo sagrado es más que un tema de la poesía. Uno más entre muchos podríamos decir con irreverencia, pero su condición inconmensurable nos desmentiría. Lo sagrado, no lo religioso; lo espiritual, no lo espiritista. Y lo sagrado, es ese siempre no saber en que nos alcanza su súbito, el ilimitado espació que encuentra lugar en el poema, el tiempo ya no en sucesión lineal sino en la conjunción de pasado y futuro en un presente perfecto: el que el poema escrito prolonga en el lector. Por ello, digo, que su decir se preserva en lo inacabado, en lo que de alguna manera queda sin decir, pero que a su vez incita a decirlo nuevamente de otra manera. Un poeta, ha sugerido Harold Bloom, es siempre la continuación  de otro poeta que le ha precedido y el precursor de otro que vendrá. Como digo por ahí en un poema, la poesía no se queda sola en ninguna parte.

3. A disgusto de lo que muchos creen o afirman, la poesía no es un género literario más. Ella es renuente a dejarse leer sólo como literatura. Repito, no , que solamente género literario, pero sólo ella los asume, los trastoca o subvierte a todos. A veces se mimetiza en ellos como piel otra que los desnuda de toda rigidez que les transfunde una substancia verbal menos previsible, que les da una expresividad múltiple, diversa como en sí es la vida. Esto ya está dicho: el poema en prosa no es un cuento y la prosa poética no es un poema. Sólo que cuando leemos a Ramos Sucre, la poesía lo hace posible, mueve personajes y escenarios a voluntad y por instantes se nos da la impresión de que el poeta fuera a su vez un dramaturgo, como si su prosodia, como si la poesía que pareciera escapársele en función de hacer más nítido el relato, albergara un ensayo de la realidad que es lo más cercano a un sueño que ocurre delante de nuestros ojos. Esto es poesía, siempre algo más de lo definible.
La poesía encuentra siempre sus propios cauces y estos son casi siempre impredecibles, incluso en la más sencilla. Conceptualizarla es imposible, nos impide acercarnos a su esencia. No nos pide por esto que cerremos la puerta de la comprensión o la del entendimiento, no, lo que pide es atención al silencio donde se origina. La poesía es libertaria y liberadora, ya dije. El poeta es arrojado a puerto inseguro por sus tormentas interiores, en las aguas del poema encuentra o no una respuesta, algo que puede servir o no a alguien más adelante. En poesía el punto final nunca lo ha sido, como en música ninguna nota es conclusiva.

4. El poeta permanece atento a sus sonidos interiores. Escucha la voz de su instinto obrar en lo abierto. Esos latidos en el fluir de su circulación sanguínea no son otra cosa que el dictado del silencio expresándose en él. Acalla ruidos, ensordece la mirada para dejarlo solo con su ver, para dejar entonces que se abra la flor de su decir. Cada cosa en los ojos del poeta se transforma, nace de nuevo, se libra de toda cosificación, vuelve en su inmediato o posterior decir a lo que habría sido o a lo que tal vez siempre fue si el uso no la fuera reducido a objeto. Igualmente el paisaje, sea urbano o campestre, está allí, en su aparente ausencia entre el ensordecedor ruido de las bocinas y la mirada desasida de los empujados por la urgencia, o bien iluminando con su pletora de azules y verdes alcanzados por el sol, esperando en su decir mudo, la balbuceante o intempestiva voz del poeta.
Sugerido está, lo asiste una fidelidad interior, pero aun ésta nada es ante el proteico rostro de la poesía. Se ve en sí confrontado por la diversidad con la que la vida habla.
¿Cuántos rostros mientras el poeta camina o está sentado en la plaza? Distinguibles unos entre los otros, indistinguibles unos entre los muchos; así el poeta toma lo que apenas aprehende, así la vida, lo que mejor la dice emerge más de lo invisible que de lo evidente; instante para él o bien, lo que a sorbos la vida le da para que no se confunda, para que no se enseñoree de una magicidad que en toda instancia corresponde a la poesía, a su misterio como venimos diciendo. Es de esto que cada poeta encuentra un tono particular, no original, pero si auténtico. Al menos en esto debe insistir dando el rigor debido al oficio que no pidió al nacer pero que no sabe por qué le fue confiado. Un decir, una musicalidad distinta, de él, que aunque los temas sean siempre los mismos y tengan la edad del hombre en la tierra, no niegue esa diversidad irreductible de la vida, aún en la brevedad, en lo conciso.
El poeta como hombre o mujer que es, como participante de los ritos cívicos, siempre a la sombra de la alienación, a ese descalabro que es la abyección, librado de muchas cosas y atado de otras, debe revelarse a toda imposición, se lo dice su condición de transgresor, de subvertidor del lenguaje, de inconforme, de ojo avisor de la mentira y entendido en la verdad. Como animal de la pólis, que lo es, como caído, puede llegar a ser un reaccionario, en esto puede haber matices, pero seguirá siendo un reaccionario y es su voz la que se entorpece o sólo habla desde una pretendida seguridad;  o bien, abraza su rebeldía permanente en favor de lo que cree sin temor al equívoco, pues su objetivo no es complacer. ¿Díganme a cuál casa la poesía se niega a entrar?

5. Hay poetas que confían todo a la razón, escriben una poesía en los linderos de la ciencia y no obstante no se les fuga el alma (Valery). La lección viene de los simbolistas franceses, la poesía emerge incluso desde el vacío (Mallarmé). Pese a su aparente logicidad o hermetismo, no desmerece esta poesía la materia inherente de la poesía: el asombro. Al contrario de lo que algunos nuevos puristas de la poesía, o de quienes profesan retaliaciones vanguardistas creen, esta poesía entraña una permanente revelación, vigente hasta hoy, tan radical como conmovedora.
Hay otros poetas raptados por un lirismo desbordante que, sólo cuando ocurre una detención en sus poemas, un cambio de ritmo, esto los hace saltar el escaño de la monotonía, y cuando ocurre, por la exigente demanda que implica, no de éstos sino de la propia poesía, vuelven al lugar donde ésta los alcanzó. ¿Qué digo con esto? Que la poesía escribe incluso pese al poeta. Los parnasianos nos lo hicieron ver más que sus palacios verbales. Baudelaire primero y después Rimbaud nos ayudaron a encontrar el freno. A qué dudar que después vino gente como Pound que nos habló en un lenguaje que ya iba adelante a oírse en la voz de la calle.
Hay los que encuentran filiación en el nuevo barroco. Éstos aparecen en cada siglo y en todo lugar. Unos porque de verdad creen y han alimentado la máxima lezamiana de que “sólo lo difícil es estimulante” y otros porque irresponsablemente creen que eso los hace más interesantes. Esto va sólo de alerta y no es un reproche, en poesía hay lugar para todo. Lo cierto es que, casi ilegibles, encuentran siempre su lector. Digo casi porque ninguna poesía es ilegible siempre y cuando convoque a un sentir que termine imponiéndose a lo deliberado, a lo puramente estético o sintáctico: Los primeros, los que creen que lo difícil es estimulante, pese a la dificultad que ello significa para el lector, abren siempre nuevos, imprevisibles espacios al decir poético. Los otros se quedan en eso, en interesantes.
Hay quienes encarnan la mentira sin sujetarse la máscara, sin tener consciencia de lo que ello implica. Ya lo dijo Pessoa: “El poeta es un fingidor”. Esto que no es tan fácil tenerlo claro, pienso que debe entenderse en cómo se ubica el poeta, como se ubica su decir frente a la realidad aparencial que es la verdadera mentira. Una vez escuche a un viejo poeta popular de esos que te salen al pie de los pueblos con su sencillez y su afán demorado por cantar, decir: “Si le mientes a la poesía te abandona”. La poesía no pide ni da explicaciones.

6. Hay poetas que lo son en virtud de lo que viven, leen y reflejan en su escritura. Asombra no en ellos el horizonte cultural que despliegan ante el lector en cada verso, asombra ese no sé qué de la poesía que se les da. ¡Cuánto conocimiento puesto en imágenes! ¡Cuánta historia rescatada del olvido en la sola secuencia de un párrafo! ¡Que confluencia de estilos y escuelas! Todo ello válido desde luego, la poesía no se niega a nada y es inútil quitarle lo que ella reclama suyo. La grandeza de Eliot, de Walcott, de Cardenal quién la niega. ¿Pero acaso están enterados sus epígonos de que han enterrado su palabra en un museo más escritural que poético? Algunos que en este instante detienen el sigilo de sus ojos en la línea anterior, me dirán: Qué carajo Lautreámont casi ordena que “la poesía puede ser escrita por todos”. ¿Y Pound no dejó dicho que había que hacer entrar todo en ella? Sí, respondo, en cuanto a Maldoror abrió una fuente para bien, él un maldito, vea usted como se dan las cosas en la poesía; pero el viejo, “el americano universal”, como le llama desde un poema nuestro Juan Sánchez Peláez, siempre se puso a resguardo del misterio, por eso, aunque sobradamente conocido, por sus errores y locura, no es apreciado del todo a donde llevó las posibilidades del decir poético, tal como el mismo Sánchez Peláez lo refrenda en su poema: “...y abrirá sacos que contienen avena, pasto,/ mucha avena, mucho pasto y mañana sin fin para/ mantenernos alimentados y despiertos a todos nosotros”. La gloria, si la hay, va a ser siempre de la poesía, digamos que el poeta da su pasito, transgrede pese a sí mismo.
Los hay proféticos, o bien, en cuyas escrituras la profecía se anuncia; esto sin que para nada hagamos comparación con los escribas bíblicos. Los que alcanzan a decir va no sustentado en alguna religiosidad particular, menos a filiación eclesiástica, sino por una disposición a manifestar verdades profundas que subyacen en la consciencia de los pueblos, en el consciente colectivo, manifestar lo perdido, adelantarse de alguna manera a la historia. Los ejemplos son muchos dentro y fuera de nuestro continente. Me detengo brevemente en el caso de Neruda, ese gigante que sepultó tanto imitador, tato versista de contienda, tan amado él. Harold Bloom deja entrever que sólo Borges le hace sombra. Vallejo no le hace sombra, ni llueve sobré él. Lo deja en la esquina anterior antes de seguir con su pan de hambre bajo el brazo. Neruda consideraba que manifestar lo desconocido, lo latente ahí, no era sólo una premisa, sino un deber. Esto se da no porque el poeta se lo proponga sino porque la poesía lo elige. Proféticos son también Los Nadaístas y El techo de la ballena, más radicales aún.
Existen aquellos que dicen más con lo que callan que con lo que dicen, como lo afirma Rafael Cadenas. Mi experiencia lectora me ha revelado que esto que dice el poeta de Gestiones es algo más que un dicho. Hay una recuperación del silencio en quien se aparta de la verbosidad, por ello su contundencia apela a la contención y halla en lo que pareciera indecible lo decible. Pero también, y de distinta manera, podemos entender o precisar a aquellos que callan en lo que dicen. Son estos los más extraños, los que no pululan en la república de las letras, una minoría que casi siempre termina por apartarse, no porque se les seca la fuente, sino porque no tienen más que decir. Atrapan en una sola palabra la mudez diciente y lo evocado o lo invocado es sólo gesto, asomo, sesgo, y ello como se figura ante tus ojos y busca lugar en su decir entrecortado, así desparece, inaudible, lector: En esta misma línea, pero más diciente, nos viene a encontrar Celan, pero ya aquí tú debes reconstruir esa fragmentación dolorosa, para hallar antes que al poeta, al ser humano, al que posiblemente le había sido arrebatado su decir y la poesía se lo ha devuelto.

7. Los hay quienes a voluntad o a conciencia se mezclan con la masa y siguen su avance. En cambio otros se apresuran a apartarse de ella, les basta con su torre. Los primeros dicen que la multitud habla en ellos y no al contrario; a veces suena a falsa modestia, otras es verdadero, está en sus versos y en su ética. Los otros dicen que ésta los ensordece o no tiene nada que decirles más de lo que evidencia, porque  lo que se mueve en su interior es verdaderamente poesía y no al contrario, suena a pretensión. Hay poetas más que libertarios, anarquistas y no se sujetan, sospechosos son siempre para el poder sea cual sea éste, que los considera inútiles, igualmente éstos, se hacen despreciables para quienes ofician la poesía como si fuera ésta cofradía de iluminados en que priva la obediencia a un manifiesto. Ambos, tengan o no consciencia de ello, están solos, tanto como los muchos que no se le parecen en nada y frotan el espejo con las palabras para pasar al otro lado y el ego se los impide. Hay un temor en unos y en otros, una valentía en unos y en otros. A unos no le interesa o lo que a otros seduce. Otros no ven a los unos pasar siquiera en sus versos. Eso los hace encontrarse en una esquina y no reconocer que andan en lo mismo aunque vengan de distinto callejón y sigan camino cada quien por la acera que han elegido. La poesía sigue allí, luna mediante. No sólo en los cafés o en los bares, puede en unos ojos en que cielo y tierra se juntaron como una sola nube.
Una advertencia: Los poetas que medran alrededor del poder, indiferente de que sus obras tengan la calidad, la factura, el rigor y el aliento como para ser reconocidas, es triste y a veces ni te enteras que bufón usado bufón apartado cuando ya no les sirves. Entre nosotros son varios los casos de poetas que han ido a pagar tras las rejas su rebelión y otros empujados al exilio. Muchos los perseguidos y muertos a una edad temprana y lo que dejaron escrito prometía. La época en que ocurrió, aquí, no está muy lejos de este hoy. En la historia de la poesía universal son tantos los casos, patéticos y humillantes, inhumanos siempre para quienes lo sufrieron. El caso de Osip Mandelstam por ejemplo que sobrevivió en obra y vida a Stalin, el de Celan que de vuelta de los campos de concentración nazi ya no fue el mismo y que arrebatándole sus últimos días de vida al silencio se hundió en las pútridas aguas del Sena sin más nada que decir; o Pound, por hacer emisiones radiales contra el imperio que se levantaba fue reducido a una jaula primero con un potente faro de luz sobre sus ojos, encandilándolo noche y día, por algo el castigo comenzó por su mirada y continuo con el premeditado hecho de apartarlo porque ya su voz era influyente; poeta que para muchos “se hizo el loco” para no perderse en el aislamiento de esa celda y los inducidos barbitúricos que usaron para lograrlo y que tiempo después la poesía devolvió en la admiración de escritores como Hemingway y salta planetas como los beats. Un ejemplo de obra consistente sin dejar de ser rebelde, contestataria son las de Caupolican Ovalles y Víctor Valera Mora. Este es el perro de la poesía que desde los cenáculos académicos se apresuran a apedrear sin que nada de lo que les zumben los derribe.
Este registro es incompleto, lo va a ser siempre. Me he guiado más por intuiciones que por precisiones. Se me convocó para hablar de este tema y creo no haber defraudado a quienes lo hicieron de manera gentil y afectiva. Para una provisional conclusión digo que, así como no existe una persona igual a otra, por supuesto ningún poeta lo es a otro, pero sí son muchos los puntos de encuentro aún en la diferencia. Es indudable que sus ecos se encuentren por gracia y existencia de la poesía, e igualmente que ésta separe en las aguas en el devenir lo que fue momentáneo o estuvo más sujeto a acontecimientos inmediatos que a una creatividad libre, abierta. En verdad, no debe preocuparse el poeta si tiene o no lector, éste aparece o no como la misma poesía y dona el poema. Tal vez sea este el que en algún lugar de la tierra alguien se apresta a escribir.



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CÉSAR SECO (Venezuela, 1959). Poeta, ensayista, narrador y artista visual. Sus libros de poesía fueron reunidos en Lámpara y silencio (2007). Ha publicado además: Transpoética (2006), y Los colores del cielo (2014). Por El viaje de los Argonautas (2005) recibió el Premio de poesía Ramón Palomares. Página ilustrada con obras de Armando Reverón (Venezuela), artista invitado de esta edición de ARC.





Um comentário:

  1. ...la poesía es como cualquiera otra profesión. hay que dedicarle la vida para que florezca. Comparto con mucha devoxión y cariño las reflexiones acerca de tan espinoso asunto de nuestro querido César Seco. A él y a la revista gracias.

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