segunda-feira, 28 de agosto de 2017

AARÓN ALMEIDA HOLMQUIST | Paisaje y exilio en David Cortés Cabán


La obra del puertorriqueño David Cortes Cabán (Arecibo, 1952) resulta un viaje íntimo y profundo, leer a este poeta es contemplar la interacción de un individuo (sujeto lírico) con su entorno. Las imágenes presentes en su obra surgen de la vida cotidiana. Viva, latente y activa es la naturaleza que describen estos versos. Dentro de ese epicentro de acciones el paisaje cabaniano se encuentra enmarcado en la erancia y la nostalgia. Las emociones que se nos invita a sentir en cada una de las lecturas son la huella de un existir en soledad. A pesar de abordar temáticas dolorosas la armonía en esta poética es palpable. Tal vez por la serenidad que la mayoría de los paisajes descritos otorgan al lector.
Como centro de hechos Cabán presenta escenarios rodeados de animales, mares, montañas, flores, árboles, ríos, lluvia, nieve, por mencionar tan solo algunos. Un paisaje rural suele poseer características muy particulares, en primer orden resulta ser opuesto a lo urbano, lo citadino. Con respecto a esto Hanni Ossott en su ensayo Memoria de la tierra y memoria del ser expone: “Es en lo ordinario donde encontramos nuestra pluralidad, allí somos germen, semilla, causes, ríos, la flor, la montaña”. Según estas palabras el contacto directo con la naturaleza permite al individuo conocer el origen de la vida misma, contemplarse desde allí es comprenderse desde su raíz.
Una vaca, un buey, un tigre, un lobo, una gacela, no suelen ser comunes en la geografía de una metrópolis del mundo. De igual forma la ballena y el delfín son mamíferos que particularmente se encuentran en mares abiertos, profundas costas, alejadas de las grandes ciudades. Pero como la poesía de Cabán es un ir y venir, un ayer con el hoy, las metáforas que presenta logran ese resultado exquisito al compaginar serenamente la urbe con lo agreste. Es entonces cuando ocurre esa interesante fusión entre urbanidad y ruralidad.
De todos los animales antes mencionados hay uno en particular que resulta, más que una constante, un sello personal: el ave. El gorrión, el mirlo, la alondra, el colibrí, el tucán y la paloma aparecen con regularidad en su trabajo. En el poema XVIII dos versos permiten ejemplificar tal afirmación: “y el gorrión que roza mi hombro/ gorrión que avanza más que mis pies”. Esa misma ave de nuevo aparece en El tiempo es la única mentira donde no te encuentro: “Con la voz llena de tus labios/ he salido a mirar los gorriones/ que salpican el espacio/ nada puede rescatarme de este segundo/ que oculta la inaccesible despedida/ de los pájaros”. En No oigo más que el vuelo: “No oigo más que el vuelo/ de blancas palomas (…) miro los gorriones que tocan a mi puerta/ y tiemblan mojados por la lluvia”. También en He viajado por muchas ciudades: “Isla que preguntas por mí/ voy contando los días del regreso/ como un gorrión que se echa a volar/ (…)”. Y en Poesía: “(…) sino por los que vendrán/ a mirar el color del gorrión/ (…)”. La alondra, por su parte, puede apreciarse en el texto XXXV: “árboles o alondras silenciosas (…)”. De igual forma en Las cosas que amamos: “He aquí la desolación/ que enciende el deseo/ dígalo la alondra/ (…)”. El colibrí entra a escena en Oscura pradera: “Iluminando mis manos/ cuando dije: colibrí de lengua dorada”. Y la paloma en Sin límites: “Una paloma/ rasga el silencio/ sus ojos no me ven/ pero en la noche/ su cántico tiembla en mi ventana/ la paloma reclama su destino/ (…)”.
Los pájaros, de manera general, también salen a escena en esta poética. Sin especificar el tipo de ave muchos textos incluyen este animal como elemento directo del paisaje. Esto se evidencia en poemas como X: “no hay pájaros no hay dulces cánticos (…)”. En  He vuelto: “Nada que ofrecerte/ solo el paisaje (…)/ y el pájaro/ solamente el pájaro/ sobre la leve superficie/ que vuela y resplandece”. En La virtud: “(…) la virtud/ que celebra tu cuerpo/ el último signo del pájaro (…)”. Por su parte el poema El ausente: “¿Y ustedes ocultos pájaros serán luminosos?”. También una muestra es Esta es la incertidumbre: “(…) porque soy un mal faquir/ que hiere su garganta/ cuando ha perdido la magia del retorno/ o como un monje cuyo único amor/ va mirando el vuelo de los pájaros (…)”. En esa misma composición, posterior a los versos citados, la voz lírica incluye a la alondra: “¿Alondra que cruzas con tu trino/ cuándo me traerás tu presencia?”.
Para Miranda Bruce-Mitford en El Libro Ilustrado de Signos y Símbolos las aves son una referencia directa del espíritu, reafirma de manera general que: “Los pájaros pueden ser mediadores entre los dioses y los hombres y actúan como mensajeros de la divinidad”. Por su parte, Juan Eduardo Cirlot en Diccionario de Símbolos sostiene lo siguiente: “Todo ser alado es un símbolo de espiritualización, (…)”. Recurrir de manera constante a este animal pudiera crear en el lector la impresión de que la libertad que simbolizan es un anhelo para el protagonista lírico, sensación de vuelo que admira al contemplarlos.
Pero el paisaje cabaniano no sólo se refiere a lo exterior, a lo que los ojos ven entre caminatas o desde ventanas; lo interno, lo que adentro se guarda es también fuente para su poética. De La vida no es una orilla polvorienta se extrae la siguiente cita: “Mi pueblo crece dentro de mí”. De X: “Conozco una isla/ transcurre dentro de mí”. ¿Será esa entonces la patria interna de la que el poeta tanto habla? ¿será por eso que ese pueblo-isla constantemente pide que no lo olviden? “Islas que me despiertan en medio del paisaje/ sean sus montañas la casa que me habita/ suban sus ríos poderosos y sus verdes colinas/ siéntense a mi mesa (…)”. Estos versos de Donde la oscuridad nunca cae son muestra de que la isla es ese hogar que se reclama, de que la orfandad es también parte de la vida de esta voz. El uso del mí al hacer referencia a su pueblo reafirma posesión, en La infancia se observa: “en las calles de mi pueblo”, también con La red: “iluminando el cielo y las calles de mi pueblo”.
Hanni Ossott en Memoria y alma de la casa afirma: “Los hombres siempre hacen casa, con lo que pueden, desde lo que pueden”. Ese resulta ser el caso del presente decir lírico ya que es palpable la dependencia por ese paisaje interior, esa necesidad de compañía entendida como refugio. En el poema X se lee lo siguiente: “Danza conmigo Isla en las fronteras de este abismo/ (…). Acompáñame (…). Rescata mi desnudez”. En el texto XVIII se percibe de nuevo ese mismo sentir: “y mis manos sin poder sostener esta isla que cruje/ y habla conmigo a solas y entra en mis ojos/ y juega con mi emoción”. Más adelante, en ese mismo texto: “(…) no te vayas Isla (…) habita en mí corre conmigo por esta extraña ciudad/ toma la sangre que te pertenece/ no me dejes en este lugar”. El ruego por el abrazo de esa Isla es indudable, la reiterada petición de compañía resulta el centro temático de algunos poemas.  Ausente también es muestra de esto: “Ah lejanas costas lejanas costas/ (…) Llévenme ahora/ antes que otros paisajes provoquen mi alma”. Ese paisaje que tanto menciona es atesorado como un gran obsequio, hay por éste ese celo otorgado a lo que es especial en la vida. El disfrute por la contemplación de esas imágenes es percibido claramente de igual forma en Tus costas:”(…) para vivir me basta solamente tus costas”. La isla, y ese paisaje costero, son entonces lo único que el protagonista lírico pareciera requerir para subsistir. Necesario es el ayer para que el hoy transite. Y es así como el exilio pasa a ser parte de esta poética, puesto que tanto pasado es también maneras de exilio.
El desagrado en el paisaje descrito, la inconformidad por el presente y ese no pertenecer al entorno son prueba suficiente de que una incomodidad ocurre. Poco después de escapar de Cuba el gran novelista, cuentista y poeta Reinado Arenas fue invitado a dictar una conferencia en Florida International University, la misma estuvo titulada Lo cubano en la literatura, en ella manifestó con respecto a su exilio lo siguiente: “El mejor himno para un escritor es el murmullo de los árboles; su patria más querida la que lleva, desgarrada, e inexistente, en su memoria”. Y es que el exiliado vive así, resguardado por la memoria, porque es desde allí donde, a manera de salvación, crea refugio, inventa abrazos, calores.
Se sabe que el exilio es un partir, un adiós a la tierra por la que hay arraigo. Mental o físicamente puede transcurrir la despedida, no se necesita dejar el mapa por el que hay afecto (o desafecto) para saber que no se es de allí. Resulta un asunto de pertenencia, un hecho que trastoca para siempre el sentido de la identidad. Quien padece exilio padece sus sinónimos: destierro, desarraigo, extrañamiento, ajenidad, exclusión.
El exilio es un dolor, una íntima llaga que solo siente el que la vive. Marina Gasparini Lagrange en su ensayo A modo de introducción: El reino del exilio, afirma: “El exilio es un viaje sin retorno. No se regresa al lugar que abrió la geografía del extrañamiento en nosotros. Cambia la tierra de la que nos alejamos, cambiamos también nosotros, habitantes desde entonces del desarraigo”. El individuo que parte hacia otro lugar se inicia entonces en una ajenidad porque no pertenece a eso que lo ve llegar, tampoco es ya del sitio que lo vio partir.
En el exilio los códigos cambian y la comunicación regular se desvanece. El que parte se siente extraño al arribar a nuevos caminos porque el trato a recibir es el que corresponde al que viene de afuera. En el poema No veré la ciudad el sujeto lírico se sabe de otros lares: “Soy un forastero (…)”. Y es que venir de tierra distinta conlleva algunas veces a complicaciones. Un forastero no echa raíces, está de paso, su ritmo y compás le indican< siempre que debe partir. El poema Por este cuerpo sirve igualmente de ejemplo: “(…) no basta tu imagen/ cuando giras contra el forastero/ que canta en el invierno/ por el bien de mi vida no te detengas/ cuando toques mi piel y mi ansiedad”.
La añoranza, por su parte, es percibida en el poema En tus manos late el calor de mi pueblo: “(…) pero el viento me arrima a esta ciudad/ y pienso en mi pueblo (…) no fui hecho para amar otras ciudades”. Ese rechazo a la tierra extraña trae como consecuencia un estado de soledad el cual es palpable al hacer negación a lo nuevo que se presenta ante los ojos. En el poema XVIII el primer verso comunica incertidumbre al lector: “Estoy en una ciudad imprecisa”. Más adelante, la voz manifiesta: “(…) mientras ando por el jardín a tanta distancia/ (…) no tengo una brújula/ ni unas palabras de amor cerrándose sobre el disperso yo”.
El autoexiliado Julio Cortázar en su ensayo América latina: exilio y literatura expresa: “El exilio y la tristeza van siempre de la mano, (…)”. Cuando se vive la pesadumbre de la inestabilidad el individuo es sometido a un vivir agónico, eso porque insistentemente se tambalea el camino a seguir, la duda se hace entonces memoria del cuerpo*.
Uno de los poemas de Cabán en los que el exilio se presenta directamente asociado a su ciudad adoptiva es Cuando llegamos a Nueva York: “Contemplamos/ el paisaje del otoño/ y el verde profundo y mañoso/ luego fuimos por anchas avenidas cubiertas de niebla/ el viento silbaba como un desconocido/ que no tiene la culpa de tanta frialdad/ y la nieve iba cayendo y el tren era una lámina rojiza/ los que
pasaban nos miraban recelosos/ como se mira una piedra arrojada al vacío/ el cielo morado y turbio y sin estrellas/ nos daba la bienvenida a la ciudad”. Este abrumador y contundente texto presenta mejor que ninguno el panorama que vive todo el que de afuera llega a territorio desconocido, el precio a pagar al saberse inmigrante. Resalta particularmente aquí la referencia a individuos varios, a un sentir en plural, una pena compartida.
Un hecho interesante en la poética cabaniana es que el motivo lírico se sabe exiliado, se reconoce desde esa condición, desde allí observa, siente y comunica, por ende se reafirma constantemente así. Para una muestra algunos versos de Este que baja desde el exilio: “Ven/ y mírame/ soy estas colinas/ y este río/ que baja desde el exilio (…)”, otro ejemplo se extrae del poema La memoria: “Te ofrezco/ un poco de vino y un poco de aceite/ para que no veas mi exilio/ (…)”. El poema Ruega por mí muestra también lo expuesto: “de exilio en exilio ruega por mí”.
Y es que saberse exiliado es estar consciente del precio a pagar por partir de un territorio, las consecuencias del desarraigo serán siempre parte de la carga a llevar, ya que como dice la uruguaya Peri Rossi en su poema El viaje: “partir/ es siempre partirse en dos”.


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AARÓN ALMEIDA HOLMQUIST (Venezuela, 1981). Poeta, investigador y promotor cultural. Página ilustrada com obras de Francisco Maringelli (Brasil), artista convidado desta edição de ARC.

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ÍNDICE # 101

EDITORIAL | A persistência do mistério

AARÓN ALMEIDA HOLMQUIST | Paisaje y exilio en David Cortés Cabán

ALFONSO PEÑA | Bob Danco y la historia del mono azul

ESTER FRIDMAN | Liberdades, prisões, ilusões

HAROLD ALVARADO TENORIO 1882-1915 El Modernismo en Colombia

HILDEBRANDO PÉREZ GRANDE | Cien años de soledad y moi

JOSÉ ÁNGEL LEYVA | Jordi Virallonga, el alma de los cinco sentidos

LEDA RITA CINTRA | Brasil ilustrado

MARIA LÚCIA DAL FARRA | Cartas para quem? Leitura de Cartas a Sandra, de Vergílio Ferreira

OMAR CASTILLO | Mallarmeanas al timbal

SUSANA WALD | Reencuentro con Edouard Jaguer, impulsor del movimiento Phases
  
ARTISTA CONVIDADO FRANCISCO MARINGELLI | Por ele mesmo


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Agulha Revista de Cultura
Número 101 | Agosto de 2017
editor geral | FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
editor assistente | MÁRCIO SIMÕES | mxsimoes@hotmail.com
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revisão de textos & difusão | FLORIANO MARTINS | MÁRCIO SIMÕES
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