quinta-feira, 5 de abril de 2018

LEONARDO PADRÓN | Miguel Márquez y Un ajuste de cuentas



Felizmente, el tiempo calma, atempera los juicios, modula los tonos. A seis años de su Manifiesto, los integrantes del grupo Tráfico (Armando Rojas Guardia, Yolanda Pantín, Miguel Márquez, Igor Barreto, Rafael Castillo, Alberto Márquez) han preferido que sea su obra quien hable y muestre lo definitivo. Ese es, en todo caso, el verdadero momento de cualquier poética. Siempre habrá más verdad en un poema que en una cuartilla que lo postule. No se han desmerecido, están —cada uno en su propio territorio, en su íntimo lugar— construyendo una obra respetable, que ya comienza a ser sólida y en algunos casos notoriamente importante. En este sentido, a seis años de aquel Manifiesto lleno de una rebeldía cándida o quizás premeditada, recuerdo las líneas que Jorge Luis Borges escribiera en uno de sus prólogos: “Trato de intervenir lo menos posible en la evolución de la obra. No quiero que la tuerzan mis opiniones que, sin duda, son baladíes. El concepto de arte comprometido es una ingenuidad, porque nadie sabe del todo lo que ejecuta” (Obra poética. Alianza Tres).
Felizmente, cada uno de los poetas del Tráfico ha ido estableciéndose en una idea similar. Para ellos, el compromiso residía en asumir una forma de historicidad, vincularse con la realidad concretísima, con el mismísimo país. Que la poesía encarnara y fuera la voz de la gran aldea. Para eso desdeñaron radicalmente mucha de la poesía que los precedía y que incluso los acompañaba, refutaron su herencia, sus propias lecturas y parecían no tolerar otra forma de escritura más válida y eficiente que la propuesta. Claro, en su momento, el tremendismo era absolutamente justificable, una excelente estrategia para hacer sentir y remover ciertos soportes. Creemos en muchas de las características de esa poesía. Hay una seducción especial en el fraseo conversacional; un tono de bolero posible, un ritmo envolvente y hasta un sentido del espectáculo inmejorable para transmitirla oralmente, para “decirla” ante un público. Además, una poesía que se nutra del humor, la ironía y la ternura es siempre una poesía inteligente. Una poesía que cuestiona y hurga. Pero su exceso no fue en lo que propusieron sino en lo que negaron. Felizmente, en provecho de su obra personal, cada uno de ellos escogió sus propios hábitos, eligiendo los elementos que mejor se ajustaran a lo inefable de su voz personal. Han ido derrumbando los límites que ellos mismos crearon mientras se ocupaban de abrir otras puertas. Parecen haberse dado cuenta que toda calle tiene su noche y que no habrá más remedio, en virtud de la honestidad poética, que traducir su experiencia personalísima con la realidad, su propia historia, su calle y no la de los demás.
Recientemente apareció el segundo libro de Miguel Márquez titulado Soneto al aire libre. Es, en rigor, su primer libro luego de la experiencia grupal y posee una distancia altamente significativa y saludable con Cosas por decir, aquel libro al que se le adjudicó el Premio Fernando Paz Castillo en su primera edición. En este nuevo libro ha desterrado los tonos bajos, aniquiló el exceso de levedad y decidió entrar con todo su cuerpo en el poema. Ahora su presencia es más firme, su timbre preciso. Se siente que ha habido una digestión de los procesos, una conciliación de dudas y certezas estilísticas. Suficientemente asimilada su experiencia con Tráfico, Miguel Márquez traza una escritura inequívoca en su decir, ejecuta el poema con nitidez, sin pliegues ni lugares brumosos. Su escritura tiene aire, es una casa con las puertas abiertas, pulcra de sol, llena de dibujos redondos. Se
le siente calmo, luego de un necesario ajuste de cuentas con sus herencias. Parece no solo reconocer, sino asumir ciertos vestigios, ciertas recurrencias eternas, pues a pesar de formar parte de los que postularon una poesía que intentara “recuperar los hábitos del habla” y “un argot de suburbio” es una poesía donde siguen concurriendo “cirios”, “sauces”, “frondosas cabelleras” y una que otra “copa de amor”, una poesía donde cohabitan las referencias cultas, los títulos en idioma extranjero (Nederlands, Die Leiden des Jungen Wertheres), la evocación de lugares tan lejanos como Holanda y las calles del Rhin o el paisaje de Delft con el napalm, la comida envuelta en hojas de plátanos y alguna frase de algún bolero inefablemente nuestro (“Sooombras nada más...”).
A lo largo de este Soneto al aire libre hay páginas que transpiran un cierto resentimiento, que asumen la queja contra esta nuestra forma de ser país, un cartel que protesta con ironía, una palabra que se pregunta, resignadamente, por un destino:

Un cerebro fugado contempla el panorama nacional
Aquí
lo que hace falta
es el machete, dijo,
después de estudiar
14 otoños
y un invierno insoportable
en Harvard
(Massachusetts)

Son textos dispersos, y como toda reunión azarosa, alternan distintas formas de la pasión. No son pocos los poemas donde Miguel Márquez indaga sobre la escritura. Allí insiste, se pregunta, cavila y anuncia su lucha:

Resiste con obstinación,
crúzate de brazos, jódeme
pero serás un poema.







Evita la palabra “musa” y la sustituye por “una figura más de la neurosis” pero entiende que algo incomprensible ocurre en la página, que hay una recompensa que no en tendemos, una caligrafía inesperada que arrasa con nuestras primeras intenciones: “...una profusión de versos/ viene de ninguna parte y corre/ hacia ningún lado, perdida / en la imprecisión de la sintáxis”. Su reflexión sobre el poema se torna incisiva, lo traza como impotencia y deseo, como engaño y ejercicio suicida. Con igual vehemencia elabora sus propios conjuros contra el desamor, con textos que resuman ausencia y afecto, caídas y abrazos, tajos de lo femenino: “...tu imagen / la dicha de perderme, de estrellarme/ una y otra vez y una vez más/ contra las piedras”.
Todos terminamos por negamos. La obra siempre nos desdice. Nos suma o nos calla. En Soneto al aire libre encontramos el resultado de un largo debate con la palabra. Hay una voz netamente asumida, sin estridencias, queriendo decirse a plenitud, retratando nostalgias, buscando respuestas y agregando sonrisas, lugares íntimos, saludos al mundo. Son treinta y nueve poemas que acumulan una misma actitud ante la poesía, con un tono sobrio y una armonía muy temperada. Su trabajo sigue siendo en la levedad, pero con reciedumbre, allí donde nos decimos, sin más.

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Página ilustrada com obras de Benito Mieses (Venezuela, 1958), artista convidado desta edição.
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Agulha Revista de Cultura
Número 110 | Abril de 2018
editor geral | FLORIANO MARTINS | floriano.agulha@gmail.com
editor assistente | MÁRCIO SIMÕES | mxsimoes@hotmail.com
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