quarta-feira, 29 de junho de 2016

FÉLIX ÁNGEL | Cuan moderno fue el modernismo brasilero de 1922?


Durante la década de 1910 en América Latina, una febril ansiedad a ser "modernos" permeó los grupos artísticos en las capitales más cosmopolitas del hemisferio, incluyendo Sao Paulo, Brasil. La Semana de Arte Moderno  se considera el evento que marca la entrada oficial de la cultura brasileña en el modernismo. Al menos eso era lo que se pretendía cuando, el segmento más progresista de la elite intelectual autoproclamada como la vanguardia, organizó cuatro días de actividades que incluyeron conciertos, conferencias, lecturas de poesía y exposiciones en el Teatro Municipal de Sao Paulo entre 13 y 17 de febrero de 1922.
La Semana pareció galvanizar una posición colectiva de liderazgo cultural en Sao Paulo para reconducir la sociedad con un espíritu nuevo que reflejase la verdadera identidad nacional rompiendo con el pasado y saltando hacia el futuro. Invoco la asunción consciente de los desafíos que la República enfrentó tres décadas antes como consecuencia de la caída del modelo que origino su independencia,  reclamando con ello un lugar junto al distinguido grupo de naciones que dominaban la escena mundial. ¿Cuáles eran las ideas y retos?
La respuesta puede tomar más tiempo del que uno piensa y no es fácil, por supuesto. El modernismo brasileño es un proceso que no tiene un comienzo o final preciso, y a veces es tan sutil, o estático como un camaleón tratando de adaptarse a su entorno. Las etapas de la transformación que eventualmente fue posible observar con más claridad algunas décadas más adelante no son tan visibles como los drásticos cambios experimentados en otras áreas por algunos países de América, por ejemplo México.
No importa cuán consistente o desorganizado el discurso de la élite progresiva,  el cambio ocurrió no de golpe pero paulatinamente en Brasil a lo largo de las primeras y segunda décadas del siglo XX. Desde un punto de vista político y económico el proceso moderno puede haber comenzado con la declaración de la República en 1889 y terminado a principios de la década de 1930 con la elección de Getulio Vargas. Bajo el liderazgo de Vargas, el país abrazó a un espíritu nacionalista que finalmente encontraría su mejor reflejo en la arquitectura y la música popular. Ideas arquitectónicas relacionadas con el racionalismo y el uso de la geometría fueron parte de la búsqueda de un nuevo orden para guiar la interacción humana y traducirlo en progreso; las tendencias ingeniosas del movimiento abstraccionista geométrico llevarían finalmente las artes visuales brasileñas a la vanguardia en la década de 1950, junto con Argentina y Venezuela. Pero para el intelectual, el literato, el artista plástico, y en especial la música  y la arquitectura, el proceso comenzaría en la segunda década del siglo XX.
Contrario al Grito Ipiranga, una fecha con la que todo el mundo está de acuerdo, el inicio del modernismo en Brasil depende de la disciplina o actividad asociada con sus principales personajes y acontecimientos particulares. En relación a las figuras literarias, el modernismo comienza con el regreso de Oswaldo de Andrade a Sao Paulo en 1911 después de su primera estancia en Europa y termina alrededor de 1928, el año en que lanzó su manifiesto antropófago, el mismo año que vio la publicación de Macunaíma, de Mario de Andrade. En la arquitectura el proceso es más lento y habría que esperar hasta lo años 40 pues, aunque el diseño de Bello Horizonte, por ejemplo, es una iniciativa que coincide con el espíritu que animó el paso del Imperio a la república, el resultado fue una ciudad del siglo XIX, construida con la expectativa de funcionar como una ciudad del siglo XX.
En su manifiesto de 1928, Oswaldo sugiere, o declara que, la única manera de romper la dependencia cultural de Europa es "canibalizar" todas las influencias que habían llegado a tener un papel en la sociedad brasileña, con el fin de generar un nuevo modelo de identidad cultural, una idea que hoy lleva a preguntarse qué  le llevó tanto tiempo en definir. Oswaldo parece tener casi una participación oportunista en momentos cruciales cuando se las arregla para monopolizar el escenario, a diferencia de Mario de Andrade con quien no tuvo ninguna conexión excepto la de pertenecer a la misma generación y con quien comparte cierta preocupación intelectual. Oswaldo no estaba solo en la búsqueda de la modernidad y la "brasilidad" que artistas anhelaban en general como principio de transformación y de autenticidad.
Otros consideran a Mario de Andrade, el poeta, ensayista, novelista y musicólogo, como el "Papa" del modernismo brasileño. Junto con Oswaldo inició una evaluación que conduciría a una nueva visión de la expresión artística en general.  Ambos lograron, con estilos diferentes, un papel protagonista en su intento de conceptualizar los aspectos fundamentales a la cultura brasileña, como podemos entenderlo hoy. Arrastraron de largo un número de artistas, músicos y poetas que llegaron a la misma conclusión, la mayoría de ellos de una manera intuitiva, a juzgar por el trabajo que produjeron antes y durante la década de 1920.
En los albores del siglo XX la música y literatura brasileña disfrutaron de una adhesión al modelo parnasiano que estaba y estuvo firmemente arraigado en la clase educada hasta el final de la segunda década. Uno de sus príncipes era el escritor Coelho Neto y su público era la élite privilegiada que dependía de Europa como modelo para su autoestima intelectual. Había un hilo conductor, sin embargo, entre "passadistas" - la tradición - y "futuristas" - los que buscan la renovación; Europa fue la referencia para ambos, ya sea por tradición o innovación.
Para los artistas visuales, las fechas varían dependiendo de cuánta importancia se le da a la llegada de 1913 de origen lituano Lasar Segall, o exposiciones de Anita Malfatti en 1914 y 1917, que, como con todos los eventos mencionados ya, despertó una buena dosis de controversia y se registraron en la prensa local. La verdad es que cualquiera de ellos presagió  lo que podría considerarse un estallido moderno, o fue síntoma de grandes cosas por venir que expresaron el cambio que tendría lugar a partir de la década de 1920.
La cultura brasileña como la entendía la gente del corriente no era un gran problema, al menos no todavía excepto para algunos como Heitor Villa-Lobos que por 1915 organizó en Río de Janeiro el primer concierto de su propia música; fue un año que para muchos representa el inicio del movimiento moderno en Brasil, aunque no necesariamente en Sao Paulo. Villa-Lobos pensaba que lo que el público irritado llamaba "disonancia" en su música era el resultado de traducir nociones de música tradicional a música culta progresiva, olvidando mencionar su relación con Arnold Schoenberg durante una breve estancia en el Conservatorio Superior de música de Río de Janeiro.





La idea compartida en general por estos individuos era la necesidad de ser modernos en la forma de Europa, no siguiendo los modelos anticuados, sino modelos más recientes que, en Paris sobre todo, eran reemplazados por intelectuales con una velocidad increíble, como ocurrió con el Dada y el Surrealismo más adelante.
Durante la primera guerra mundial, artistas europeos visitaron los Estados Unidos y América del sur, por ejemplo, la compañía de Ballet Ruso de Serge Diaghilev que puso en escena ballets con música compuesta por Igor Stravinsky.  El famoso Vaslav Nijinsky se presentó en Río de Janeiro y Sao Paulo en 1913 antes de dirigirse a Buenos Aires, donde casó y terminó su carrera. Pero para entonces, la música de Stravinsky, las coreografías de Michel Fokine, las escenografías de Leon Baskt y Alexandre Benois, estaban asimismo superadas y eran  “historia” en París, Londres, Madrid y Roma, y Diaghilev había pasado a otras cosas y asociaciones. Pero en Brasil era algo novedoso.
La preocupación por las expresiones culturales "modernas" tropezó  en América Latina con una serie de limitaciones, especialmente de comunicación y transporte. El rechazo y respaldo de viejos y nuevos modelos de Europa fueron relativos, más fácil seguir en la música y la literatura que daban la posibilidad de ser transcritos, publicados, y enviados fácilmente por correo, en comparación con las restricciones físicas inherentes a  las artes plásticas.
El concurso de Coelho Neto entre los compositores nacionales para la creación de "Brasil," un poema sinfónico destinado a elogiar la grandeza del país desde antes del descubrimiento para el centenario de su independencia, fue lanzado pocos días antes de la celebración de la Semana de Arte Moderna de 1922 y personifica la división entre pasado y futuro. Las ideas modernistas, tal como eran vistas por la vanguardia, tenían un tiempo muy limitado y espacio para prosperar por la rapidez con que evolucionaban en otro lado. Las figuras notables de la Semana tardarían casi veinte años para digerir el proceso de concebir el modernismo en formas tangibles y originales.
El proceso que experimentaron puede dividirse en cuatro etapas. La primera fue entender qué significa realmente la “modernidad”. El segundo se define por la intención de ser moderno usando como reflejo un modelo europeo. El tercero está representado por el esfuerzo en hacer coincidir el concepto de modernidad con Brasil, y la cuarta y última etapa fue caracterizar la modernidad en términos brasileños.
La Semana de Arte Moderno fue sin duda un momento muy llamativo. Sin embargo, se requerirían un buen número de años para llegar, alrededor de 1945, a una definición consecuente de Brasil y su cultura en el contexto del proceso modernista.
La exposición “Escultura Brasilera 1920-1990: un perfil”, que tuve el privilegio de organizar en 1997 para el Centro Cultural del BID, en  co-curaduría con Emanaoel Araujo, entonces Director de la Pinacoteca de Sao Paulo, aunque centrada en una manifestación particular no me deja dudas de lo anterior.  En el catálogo resumí mi posición como sigue: “Por un lado, la escultura brasileña permanece vinculada a transformaciones de la modernidad clásica, social,  las realidades tecnológicas, y los formalismos plásticos de tradiciones occidentales, como se ve en las obras de Mary Vieira, Nicolas Vlavianos, y Caciporé Torres. Por otro lado, algunos artistas exploran  tradiciones míticas y místicas. Algunas de estas últimas corresponden directamente a Brasil, y otras han llegado al azar como semillas llevadas por el viento o pájaros desviados de sus rutas migratorias. La expresión tridimensional  ha creado un discurso que supera los obstáculos creados por otras tradiciones, y critica y hace hincapié en las incompatibilidades entre política y cultura que amenazan incluso la integridad física de nuestro entorno, como el trabajo de Krajcberg sugiere. La escultura brasileña, más que de otros países iberoamericanos, muestra la coexistencia de lo antiguo y lo moderno, de lo nativo y lo foráneo. En un entorno cultural donde el único denominador común es la diversidad,  todos los anteriores componentes experimentan transformaciones innovadoras. Este marco ha permitido a Brasil producir artistas que enfrentan problemáticas universales que muchos reconocen finalmente, aunque no todos necesariamente aceptan.”



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FÉLIX ÁNGEL (Colombia, 1949). Artista, arquitecto, curador, escritor, y gestor cultural. Vive en Washington DC, hace cuarenta años. Cuenta con más de cien exposiciones individuales y cuatrocientas colectivas, ferias, y bienales en las Américas y Europa. Ha publicado ocho libros y realizado nueve obras murales (públicas) en Colombia. Ha recibido numerosos reconocimientos incluyendo el premio por "Liderazgo visionario de las artes" de la Ciudad de Washington. Visite: www.felixangel.com. Contacto: felixalbertoangel@gmail.com. Félix Ángel es el artista convidado de esta edición de ARC.

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Agulha Revista de Cultura
Fase II | Número 18 | Julho de 2016
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